sábado, 21 de junio de 2025

El Cristo de las Mieles - Sevilla


Quien entre en el sevillano cementerio de San Fernando por la puerta principal encontrará, unos cientos de metros más adelante, en la glorieta principal, un crucificado de gran tamaño, fundido en bronce y clavado en una cruz de madera: se trata del Cristo de Susillo o, como es conocido popularmente, el Cristo de las Mieles.
Es obra de Antonio Susillo Fernández, famoso escultor sevillano del siglo XIX. Nacido en Sevilla  el 16 de abril de 1855, concretamente en la Alameda de Hércules, era hijo de Manuel Susillo, tonelero primero y después dedicado al comercio de la aceituna. Un día, paseando por la Alameda, la Infanta Luisa Fernanda de Orleans observó a un niño jugando con un puñado de barro con el que moldeó una figurilla con tanto talento que a partir de entonces quedó bajo su protección, costeándole sus estudios de arte. Gracias a ella, considerado un "niño prodigio", pudo desarrollar su don innato como artista y escultor. Estudió en París y Roma y, ya a los veinte años, comienza a recibir encargos de la alta aristocracia europea, consolidándose como el escultor sevillano más famoso de todos los tiempos. Clientes suyos fueron la reina Isabel II o Nicolás II, Zar de todas las Rusias. En Sevilla quedaron muchas de sus obras: las doce estatuas del Palacio de San Telmo, el Miguel de Mañara frente al Hospital de Caridad, el Daoiz de la Plaza de la Gavidia, el Velázquez de la Plaza del Duque, etc.
Cuenta la leyenda que cuando el escultor esculpió el Cristo para el cementerio se esmeró enormemente, pues en ese momento se encontraba fuertemente endeudado y esa obra significaba mucho para él. Se dice que al montar la escultura, se dio cuenta de que la había elaborado (se puede ver que un pie está clavado en el madero vertical de la cruz y el otro al staticum de la misma) con las piernas al contrario, y que al contemplar la obra terminada y ver el fallo, se sintió tan angustiado y le afectó tanto que se ahorcó en su estudio.
En realidad, el escultor, cuya primera esposa falleció de tuberculosis apenas un año después del casamiento, contrajo quince años después segundas nupcias con María Luisa Huelin, (una mujer despilfarradora y manirrota que, además, lo menospreciaba y ridiculizaba como hombre incluso en público), y en esos momentos se encontraba en la más absoluta de las ruinas, contando con  el encargo del Cristo para saldar deudas y retomar su trayectoria profesional. Al observar el error tomó la trágica decisión, tan de moda en la época romántica, de pegarse un tiro. Era el veintidós de diciembre de 1896; contaba tan sólo cuarenta y un años.
Sus paisanos sevillanos creyeron que el mejor homenaje para aquel hombre era ser enterrado en el centro del cementerio, a los pies del Cristo que había esculpido con tanta pasión, y así se propuso, con el beneplácito de la autoridad municipal. Sin embargo, la autoridad eclesiástica puso impedimento, ya que los suicidas no podían ser enterrados en suelo sagrado, aunque finalmente se consideró que el acto había sucedido como consecuencia de una enfermedad mental y se concedió el permiso oportuno.
Fue enterrado en un primer momento en una tumba junto a la del pintor Ricardo Villegas, que pagaba anónima y puntualmente un amigo suyo. Treinta años más tarde, como consecuencia de un artículo aparecido en el diario “El Noticiero Sevillano”,  se despertó entre sus paisanos el convencimiento de que la ciudad le debía un reconocimiento permanente al insigne escultor. El Ayuntamiento concedió permiso y asignó los fondos para la obra, que concluyó el  veintidós de abril de 1.940. Los restos de Antonio Susillo reposaron definitivamente cuarenta y cuatro años después de su muerte a los pies de su obra más reconocida.
Días después de su entierro sucedió algo sorprendente, que muchos visitantes consideraron milagroso: el Cristo lloraba, y no agua salada, como un mortal cualquiera, sino que lloraba miel. El revuelo fue considerable en la ciudad. El “milagro” estaba en boca de todos y la Iglesia tuvo que tomar cartas en el asunto, enviando el mismísimo Vaticano una delegación para aclarar el asunto.
Finalmente se averiguó la verdad: lo que manaba de la boca del Cristo era efectivamente miel de abeja, pero no porque llorara el Hijo de Dios por el escultor, sino porque Susillo había construido la efigie dejando hueco su interior para evitar el excesivo peso, y ese hueco fue aprovechado por un grupo de trabajadoras abejas para instalar su colonia. Así, cuando el calor apretaba y el bronce se calentaba, la miel de los panales se derretía y salía por la boca del Cristo. No había milagro, pues, pero al Cristo se le quedó para siempre el sobrenombre de Cristo de las Mieles.

(Leyendas de Sevilla

El SEAT 600

 EL Seat 600, ese invento de los dioses que cambió la vida de muchos españoles para siempre. Había quienes incluso le ponían nombre y lo cuidaban como si fuera un hijo: lo lavaban, lo abrillantaban, le ponían agua, aceite, y ¡ay! si se rayaba...

Eso sí, conseguir uno era casi una misión imposible. En primer lugar, porque las primeras unidades, que se pusieron a la venta en 1957, costaban la friolera de 65.000 pesetas, lo que no estaba al alcance de cualquiera. Y, en segundo, porque había que esperar meses hasta que lo entregaran, así que comprar un 600 acababa convirtiéndose poco menos que en un sufrido embarazo. Pero poco importaba todo aquello. Lo importante era poder tener un «bólido» de cuatro ruedas con el que poder desplazarse y viajar adonde uno quisiera, sin depender de trenes o coches de línea.


¡Ah!, y, cuando por fin se recibía, ¡la familia ya podía irse de vacaciones en verano! O incluso un fin de semana ¡toda junta! Y <toda» quería decir: padre conduciendo, madre, abuelos, hermanos y hermanas, y, por supuesto, maletas y todo tipo de artilugios inimaginables. El milagro era no solo que pudiera meterse en el coche todo aquel «cargamento», sino también que se tardase menos de doce horas en recorrer un trayecto que hoy se haría en apenas cinco, teniendo en cuenta que el pobre 600 se paraba cada dos por tres, subir las cuestas para él era todo un triunfo y las ruedas a duras penas aguantaban tanto peso.

Estaba claro que el 600 se había convertido en un miembro más de la familia, al que había que cuidar y mimar. Por eso, muchos de los que alguna vez pudiero disfrutar de uno de ellos aún hoy continúan sintiendo outéntica nostalgia por él. ¡Dios mío, qué pena!


Orpea





El ramo de san Juan = Gerona

 

En una aldea del Pirineo, por las cercanías de Rosas, un galán asediaba a una muchacha, la más bella del lugar.

La joven no sabía ya cómo alejar al joven, que no le ha- cía ninguna gracia, porque veía en él algo raro, distinto de los demás que conocía.

Llegó el día de san Juan, y la moza se fue con sus amigas, tal como era costumbre -y lo sigue siendo-, a la orilla del río a buscar la «<bue- na ventura». Allí se entretuvo en coger florecillas de san Juan, romero y tomillo.

Cuando llegó a su casa, hizo con todo ello una cruz y la colgó en la puerta de su casa.

Por la noche vino, como todas las noches, a rondarla el indeseable galán. Fue a llamar a la puerta; pero al ver la cruz, se detuvo.

Llamó a la muchacha por la ventana y le dijo que bajara a quitar la cruz. La joven le contestó que no quería quitarla. Que la había puesto allí para festejar la noche de san Juan y para que Dios protegiera su casa.

El muchacho, que iba aquella noche decidido a entrar en la casa y precipitar a la joven al infierno con él, no pudo realizar su propósito. La joven vio entonces claramente por qué no le podía gustar aquel muchacho. Era el demonio en figura de hombre.

Desde entonces, todas las muchachas del Alto Ampurdán, desde Rosas al Garona, ponen en su puerta, en la noche de san Juan, una cruz hecha de romero y tomillo.


Vicente García de Diego 




miércoles, 18 de junio de 2025

El castillo “Aunque te pese“ = Avila

Al sur de la pintoresca Sierra de Ávila en el terreno conocido también por el nombre de los Baldíos, se alza una vieja torre medio derruida, que, según la leyenda, tuvo el siguiente origen.

En los años turbulentos de la Edad Media, cuando en Ávila los grandes señores ejercían un omnímodo poder, uno de esos magnates tenía una hija, cuya hermosura atraía a los jóvenes de la ciudad. Era entre todos preferido uno que a su apostura física y valor guerrero unía delicadas prendas morales. Y de esta manera, la bella doncella y el joven noble, habiéndose declarado mutuamente su amor, determinaron verse en parajes secretos, ya en el jardín de la joven, ya en allguna oculta callejuela de la ciudad, con el complaciente auxilio de alguna vieja dueña.

Mas sea que las salidas de la joven fueran notadas por su padre o que obtuviese la revelación del secreto, forzando a ello a algunos de los que lo conocían, es el caso que se enteró del amor de los dos galanes. Y montando en cólera, amenazó a su hija con grandes castigos si persistía en su propósito. Y para alejar al galanteador, consiguió de las autoridades de la ciudad que aquél fuera desterrado y se le prohibiese pisar tierra de Ávila. Y aun consiguió del rey que refrendara tan injusto mandato. De esta manera, el mancebo hubo de salir de la ciudad; mas antes de partir se dirigió airado al padre de su amada, gritándole : «Aunque os pese, he de ver a Ávila».

Y tomando un buen número de servidores, los condujo a un para je cercano al actual pueblo de Sotalbo; levantó allí un fuerte castillo, desde el cual podía contemplar a la ciudad abulense y a la casa de su amada, situada sobre las mismas murallas. Ella también divisaba la torre en donde estaba desterrado el joven. Cada tarde, cuando el sol enrojecía los campos y alumbraba una orgía de oro en las torres de Ávila, el guerrero contemplaba la casa. Y así, en esta contemplación, el espíritu venció al cuerpo, y en un mismo día las almas de los amantes volaron libres de su prisión terrenal.

Y desde entonces aquel castillo se llamó «Mal que te pese».


Vicente García de Diego



lunes, 16 de junio de 2025

El Indalo de Almería - Mojácar

 


La Cueva de los Letreros y más concretamente el Indalo, fueron descubiertos hacia 1868 por el almeriense Antonio Góngora y Martínez. Dicha cueva, que da cobijo al Indalo, fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1924 y posteriormente Patrimonio de la Humanidad.

Durante siglos, antes de la catalogación del Indalo por parte de los estudiosos, fue símbolo de buena suerte y considerado un tótem en el norte y levante de la provincia de Almería, especialmente en Mojácar, donde lo pintaban con almagre para proteger las casas de las tormentas y el mal de ojo.

Los indalianos veían en su enseña un hombre ancestral sosteniendo un arcoiris y simbolizando un pacto entre el hombre y los dioses para evitar futuros diluvios. El estudio del dibujo muestra que la figura no representa otra cosa que un arquero apuntando hacia el ave que vuela sobre él.

La palabra Indalo podría tener su origen en la lengua de los íberos: indal eccius, mensajero de los dioses sin embargo es más reconocido el origen del nombre en homenaje al patrón de la ciudad de Almería, San Indalecio.

En las últimas décadas, el Indalo se ha convertido en el símbolo más representativo de Almería y lo almeriense.

La Virgen del Mar - Almería

 

Si todos los pueblos del mundo cuentan leyendas sobre sus orígenes para darles
importancia, la capital almeriense no podía hacer sino lo propio con sus símbolos. Tal
es el caso de la Virgen del Mar, patrona de la ciudad.
De acuerdo con la leyenda, se encontraba Andrés de Jaén haciendo guardia en Torre
García, una de las construcciones empleadas para la defensa de las costas
almerienses y del Reino de Granada, en 1502, cuando divisó a lo lejos una serie de
destellos. Asustado ante la manifestación, acudió a pedir auxilio.
Cuando llegaron el prior y sus hombres, vieron con asombro como se acercaba la luz
a la playa y sobre la blanca arena dejaba la imagen de la Virgen María con su hijo en
brazos. Acto seguido las olas depositaron a sus pies cientos de flores, lo que dió a
todo aquello un aspecto milagroso.
En 1806, el Papa Pío VII nombró por bula a la Virgen del Mar patrona de Almería.

(Siglo XXI)

viernes, 13 de junio de 2025

La leche en polvo De alto valor nutritivo

Aunque con cierto retraso, todo sea dicho, entre 1955 y 1963 llegó a España algo de ayuda huminitaria de Estados Unidos a través del llamado Plan ASA: Ayuda Social Americana.

Durante ese tiempo, en Auxilio Social, Hospital de Caridad, colegios nacionales y otras instituciones benéficas se repartió leche en polvo, queso y mantequilla, alimentos que al parecer tenían un «alto valor nutritivo». El queso, para recuerdo de algunos, era amarillento y pastoso, pero mal del todo no sabía; la leche se daba diluida en agua fría, y la mantequilla, extendida sobre el pan que los niños llevaban al colegio de casa.

Pero a buen seguro que en la «memoria gustativa» de muchos se conserva mejor el sabor de aquellas rebanadas de pan con aceite y azúcar para merendar, o con chocolate, quesitos, leche condensada, carne de membrillo, sardinas en aceite, Pralin y Tulicrem, que para todos los gustos había, o, en días especiales, el de unas soletillas, un suizo, una bamba de nata, una trenza, un mojicón, una magdalena Ortiz, un Bucanero, un Tigretón, un Bollycao, un Bony o unos Phoskitos, muchos de los cuales hasta traían estupendos cromos para coleccionar.

Y ya entrados en asuntos más contundentes, y según regiones y gustos, potajes con «pringá», patatas revolconas, pimientos asados, albóndigas con tomate, migas, higaditos, arenques, huevos pasados por agua, filetes rusos o arroz a la cubana..., que en comida internacional andábamos sobrados, y, si se terciaba, de postre, arroz con leche, gelatina Royal, flan Potax o Mandarín, Dany de chocolate, tarrina de helado Avidesa... y, de premio, unas galletas Chiquilín, Solsona o Fontaneda..., y un vaso de leche con Phoscao, aunque todo esto último mejor sería dejarlo para desayunar, salvo que se prefiriesen unos Mielitos o unos copos de cereales Nestun.




El castigo de la abeja

Después de que Dios concluyera la creación de los animales y de decidir cual sería el lugar de cada uno en la tierra, aún quiso regalarles u...