domingo, 29 de junio de 2025
La mano de oro maldita - Valle del Jerte = Extremadura
NO8DO - Sevilla
sábado, 28 de junio de 2025
El tesoro del Cabo de Gata - Almería
El Jarabo = Un asesino señorito = Madrid
José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris fue conocido como ‘Jarabo’. Sus orígenes parte de una buena familia del barrio del Pilar, en Madrid.
Todo un señorito de la época que cayó en juegos y drogas.Viajó a Puerto Rico y a Cuba donde continuó su vida, y tuvo que marchar a Estados Unidos donde fue condenado por trata de blancas.
Tras regresar a España se convierte en el rey de la noche. Conoce a una mujer quien le pide dinero, y para la que empeña una joya.?
Después de reclamar de nuevo esa joya en la casa de empeños, acude a casa de los joyeros donde asesinó al propietario de la joyería, la mujer embarazada e incluso la sirvienta.
Jarabo fue condenado a garrote vil por el mayor crimen de la época franquista. Sin embargo, cuando llegó su momento el verdugo tardó 20 minutos en acabar conv su vida
Orpea
miércoles, 25 de junio de 2025
La casa de los enanos = Madrid
La casa de don Nicolás María de Guzmán, bulliciosa y alborotada en algún tiempo, a la muerte del duque se convirtió en un edificio abandonado y triste. Por muchos años aquella vivienda, situada en las afueras de Madrid, se mantuvo desalquilada y apartada del bullicio de la corte.
Un día se presentaron dispuestos a habitarla unos cuantos hombres embozados (probablemente grandes tahúres), a quienes interesaba el edificio por su apartado emplazamiento. Ocuparon sólo la planta baja y la dedicaron a celebrar secretas reuniones con personajes de su misma profesión.
Uno de los días en que más concurrida estaba la casa se provocó una violenta discusión por parte de algunos de los concurrentes, que fue creciendo en alboroto, sin que ninguno de los discutidores lograse convencer al contrario. De repente, en medio del vocerío, se abrió la puerta del salón y, ante el asombro general, apareció un hombre, pequeñísimo de estatura, pero de gesto grave, que les impuso silencio con expresivos ademanes. Sin más ni más y dejándolos a todos sobrecogidos por su extraña actitud, desapareció rápidamente sin decir palabra.
Volvió a promoverse el alboroto, pero esta vez fueron los nervios excitados de los concurrentes los que forzaron la discusión, con ánimo, más que de llegar a un acuerdo, de distraer el miedo que los invadía. No habían logrado tranquilizarse, cuando volvió a abrirse la puerta y se presentó en la sala otro enano no menos circunspecto, y con la misma pretensión de hacerles guardar silencio. Esta vez, más dueños de sí, y como defendiéndose de lo que les parecía cosa sobrenatural, intentaron atrapar al hombrecillo echándose sobre él; pero el enanillo desapareció graciosamente con la misma rapidez que el anterior.
Tras esta última escena pensaron aquellos alborotadores que quizá se tratase de habitantes de la planta superior, que por su extraña contextura no se atrevieran a frecuentar el mundo de los hombres normales; lo tomaron esta vez a broma y decidieron continuar la charla, dispuestos, si se repetía la escena, a emplear la violencia con una mayor habilidad. Siguieron, pues, la discusión, que a poco se convirtió en escándalo: tal era el ruido de las voces. De repente se volvió a abrir la puerta de la habitación y penetraron con paso rápido más de veinte enanos, que sigilosos y con energía extraordinaria, mas sin pronunciar una palabra, apagaron las luces y a latigazos echaron violentamente a los alborotadores, que esta vez huyeron aterrorizados de verdad.
Quedó la casa deshabitada, y con los años se olvidó el incidente, hasta que una noble dama, doña Rosario de Venegas, deseosa de tranlidad y sosiego, pensó en alquilar aquella mansión solitaria. La amuebló a su gusto, y un día, cuando ya ultimaba con su criado algunos pormenores de la capilla, echó en falta una imagen del Niño Jesús. Lo estaba haciendo notar a su sirviente, cuando vio aparecer por la puerta a un enanillo que venía cargado con las cortinas e imagen, dispuesto a entregárselas. La noble dama se desvaneció, decidió aquel mismo día abandonar la casa encantada a sus diminutos moradores.
Volvió a quedar deshabitado el edificio por algún tiempo, pero a oco un canónigo que no hacía gran caso de historietas, decidió alojarse en aquella tranquila mansión. Entre sus servidores contaba una lavandera que, ajena a la existencia de tan extraños personajes, marchaba todos los días a lavar la ropa a orillas del Manzanares. En una casión en que se encontraba allí, se desencadenó un fortísimo temporal y corrió a la casa a guarecerse, dejando la ropa sobre una silla a merced del vendaval y de la crecida del río. Lamentándose estaba por creerla perdida, cuando se abrió la puerta de la habitación y aparecieron unos cuantos enanitos trayéndola toda. Tal fue el sobresalto de la pobre mujer, que decidió no volver más por allí, para no encontrarse con aquellos hombrecillos, que más bien parecían misteriosos duendes.
Tampoco el canónigo se libró de su presencia, porque un día, en ocasión de necesitar un libro, vio aparecer junto a él a uno de estos enanos, que se lo entregó cortésmente. No paró ahí la cosa, ya que en otra circunstancia en que cometió un error, apareció otro duendecillo advirtiéndoselo y razonándole exactamente su equivocación. Aquello constituyó ya motivo suficiente para que el hasta entonces sereno canónigo decidiese abandonar la morada.
A partir de este momento la casa quedó vacía y ya nadie más se atrevió a alquilarla nunca. Los duendecillos, llenos como estaban del mejor deseo, debieron de marcharse también en vista de la incomprensión general, porque cuando, años más tarde, Fernando VI adqui- rió aquel famoso edificio, los serviciales hombrecillos habían desaparecido.
Vicente García de Diego
martes, 24 de junio de 2025
Mari Cuchilla = Asturias
Mari Cuchilla
Hace muchísimos años que vivía en Oviedo una joven llamada María, la cual uní a su prodigiosa hermosura un corazón frío como la nieve. Había rechazado con altivo desdén a los mejores caballeros del país y no se había conmovido lo má mínimo por las desgracias que a algunos había acarreado su hermosura. Hubo caballero
que enloqueciía y galán desesperado que se quitó la vida.
Sus hechizos no le haban servido para nada; pero, no querïa darse por vencida, acudió a otra clase de recursos. Y un día visitoó a una vieja hechicera y le pidió ayuda. La bruja se ofreció a prestársela si a cambio entregaba su alma al diablo. Cuenta la tradición que la desvenrboleSturada Marï se entrevistò con el propio Satanás y que recibió de él una cuchilla con la orden de que cortase la cabeza a su hermano menor, en una gruta cercana a donde moraba el joven caballero; Sólo asï sería eficaz el maleficio diabólico y el hombre amado caerïa implorante a sus pies
Marïa hizo todo como se se habïa pactado. Cuando a la mañana siguiente cantó el primer gallo, cogió cuidadosamente a su hermanito, que dormía plácidamente en la cuna, y se lo llevó a la gruta. Se cuenta que los gritos de una bandada de búhos la guiaron en la oscuridad, y que al llegar a la entrada de la cueva, las aves se posaron en los árboles vecinos, sin cesar de graznar de un modo siniestro. Marïa entró en la gruta, colocó al niño
todavía dormido, en una piedra, y sin un momento de vacilación le separó la cabeza del tronco con un solo golpe de cuchilla. La sangre salpicó la piedra, y las aves, levantando el vuelo, se alejaron, sin cesar en su estridente griterïo Entonces el terror se apoderó de María y quiso huir; pero tropezó con la cabeza del niño que había caído al suelo, y se desplomó sin sentido.
Cuando volvió en sí era ya de día. Ante ella estaba el joven ermitaño, que la contemplaba, no como un enamorado rendido, sino con acusadora severidad. María le miró por primera vez con ojos que no eran de pecadora; estaba profundamente arrepentida. Cayó de rodillas y el ermitaño, imitándola, rezó fervorosamente durante un rato. Después se levantó y le notificó en qué consistiría su penitencia. Para merecer el perdón divino, pasaría el resto de su vida en el lugar del crimen; era preciso borrar aquella sangre. Y mientras decía estas palabras, tocó en la roca con su báculo, y de ella brotó un manantial. Después añadió:
-Pero por mucho que este arroyo limpie las manchas de sangre, no podrá hacerlas desaparecer si no mezclas tu llanto a sus aguas.
Nadie volvió a ver desde entonces al virtuoso anacoreta. María vivió en los lugares que él había habitado y llevó por el resto de sus días una vida de oración y penitencia. Las pocas personas que se acercaban por aquellos contornos contaban que en más de una ocasión la habían visto raspar furiosamente la roca con su cuchilla. Todavía existe la creencia de que de cuando en cuando vuelve a la cueva para raspar de nuevo las manchas de sangre, que todavía no han desaparecido.
Cerca de Oviedo se puede ver la gruta, con su techumbre aboveda- da, desde donde se desprende el manantial, y la roca de las manchas rojizas. Este lugar se conoce con el nombre de Mari Cuchilla.
Vicente García de Diego
sábado, 21 de junio de 2025
La isla de Cristal = Canarias
La noticia se hizo eco en varias publicaciones de tirada nacional e internacional. Enrique de Vicente, director de la revista dedicada al misterio Año Cero, relató los hechos en el que por aquel entonces era el programa de máxima audiencia en la televisión Española "Esta Noche Cruzamos el Misisipi".
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