En época lejana, cuando aún dominaban los moros en gran parte de nuestra patria, unos cristianos se defendían valerosamente desde el castillo de Molina. En las cuevas y guari- das próximas habitaba una partida de moros salteadores, que con frecuencia llegaban hasta las aldeas cristianas, saqueaban las casas y se apoderaban de cuanto caía en sus manos. Allí cerca había una herrería donde los cristianos forjaban el mineral de hierro que extraían de unos yacimientos situados a corta distancia.
Nunca habían atacado los moros a los habitantes de la «<ferrería>> ni el trabajo de forja había sido interrumpido ante ninguna lucha.
Un día, como se sintiera enfermo Ad-Adulha-Atnin, jefe de las patrullas moras, al pasar cerca de la herrería, llamó en ella El puente del Martinete pidiendo ayuda. Fue recibido con toda clase de atenciones por parte de los cristianos, invitándole a pasar a calentarse y reaccionar junto al fuego. Ignorando su presencia allí, entró en el aposento la hija del jefe de la herrería, la más bella mujer que el moro viera en su vida. Admirado quedó de la beldad, sin acertar a separar sus ojos de aquel rostro, hasta que ella sintiendo quemarle la mirada del árabe, pidió permiso para retirarse. Pasado un rato, el moro, ya aliviado, se despidió, agradeciendo los favores, y se fue a su guarida.
Allí reunió a su gente y dio orden de robar aquella misma noche a la maravillosa muchacha. En efecto, mientras todos dormían descuidados, la partida mora penetró en la herrería y se apoderó de la joven.
Los cristianos de la herrería, con el padre y el novio de la muchacha a la cabeza, se organizaron rápidamente y, jurando vengarse, salieron en su persecución; llegados a las cuevas, penetraron con ímpetu en la del jefe, rescataron a la muchacha y cogieron prisionero al moro. Se lo llevaron a la herrería y allí le ataron sobre un yunque, y al bajar el enorme martillo, fue horriblemente triturado.
En seguida se apostaron en el puente, en el centro de cuyo arco colocaron gran cantidad de pólvora.
Hacía falta un voluntario para prenderle fuego, y se ofreció el novio. En el momento en que los moros volvían a atravesar el puente, el sereno mozo, con la tea en la mano prendió la pólvora y volaron los sillares del puente, mezclados con los restos de los salteadores.
Vicente García de Diego
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