jueves, 30 de enero de 2025

El puente del Martinete

 En época lejana, cuando aún dominaban los moros en gran parte de nuestra patria, unos cristianos se defendían valerosamente desde el castillo de Molina. En las cuevas y guari- das próximas habitaba una partida de moros salteadores, que con frecuencia llegaban hasta las aldeas cristianas, saqueaban las casas y se apoderaban de cuanto caía en sus manos. Allí cerca había una herrería donde los cristianos forjaban el mineral de hierro que extraían de unos yacimientos situados a corta distancia.

Nunca habían atacado los moros a los habitantes de la «<ferrería>> ni el trabajo de forja había sido interrumpido ante ninguna lucha.


Un día, como se sintiera enfermo Ad-Adulha-Atnin, jefe de las patrullas moras, al pasar cerca de la herrería, llamó en ella El puente del Martinete pidiendo ayuda. Fue recibido con toda clase de atenciones por parte de los cristianos, invitándole a pasar a calentarse y reaccionar junto al fuego. Ignorando su presencia allí, entró en el aposento la hija del jefe de la herrería, la más bella mujer que el moro viera en su vida. Admirado quedó de la beldad, sin acertar a separar sus ojos de aquel rostro, hasta que ella sintiendo quemarle la mirada del árabe, pidió permiso para retirarse. Pasado un rato, el moro, ya aliviado, se despidió, agradeciendo los favores, y se fue a su guarida.


Allí reunió a su gente y dio orden de robar aquella misma noche a la maravillosa muchacha. En efecto, mientras todos dormían descuidados, la partida mora penetró en la herrería y se apoderó de la joven.

Los cristianos de la herrería, con el padre y el novio de la muchacha a la cabeza, se organizaron rápidamente y, jurando vengarse, salieron en su persecución; llegados a las cuevas, penetraron con ímpetu en la del jefe, rescataron a la muchacha y cogieron prisionero al moro. Se lo llevaron a la herrería y allí le ataron sobre un yunque, y al bajar el enorme martillo, fue horriblemente triturado.

En seguida se apostaron en el puente, en el centro de cuyo arco colocaron  gran cantidad de pólvora.


Hacía falta un voluntario para prenderle fuego, y se ofreció el novio. En el momento en que los moros volvían a atravesar el puente, el sereno mozo, con la tea en la mano prendió la pólvora y volaron los sillares del puente, mezclados con los restos de los salteadores.


Vicente García de Diego 





martes, 21 de enero de 2025

El caimán de la Fuensanta - Córdoba


Una de las leyendas más extendidas cuenta que en una ocasión hubo una crecida en el río Guadalquivir y la abundancia de agua trajo un temible caimán que llegó a sembrar el pánico entre la población cordobesa y entre las cercanas huertas. El animal acechaba a sus desprevenidas víctimas, las destrozaba y luego desaparecía en los cañaverales cercanos. Cuando sentía hambre volvía a actuar y de esta forma tenía sobrecogida e impotente a la población hasta que un disminuido físico, un cojo, decidió acabar con el problema.
Se cuenta que, después de estudiar el comportamiento del caimán, lo acechó y lo esperó en un árbol con su muleta y un pan abogado. El pan despertó la glotonería del animal que inmediatamente abrió la boca para engullirlo, momento que aprovechó nuestro héroe para apearse del árbol y clavar el filo de su muleta en la garganta del animal, que disecó y colocó como exvoto. Otra forma de la leyenda habla de que el héroe no fue el cojo sino un condenado a muerte a quien se le ofreció el indulto si acababa con el terrible animal que tenía en jaque a la población.
Desde entonces, durante la celebración de la Velá de la Fuensanta, es costumbre acudir al templo y ver el cuerpo disecado del caimán.

(Córdobapedia)

Gala Placidia

 

Gala Placidia nació en 388, siendo hija del emperador Teodosio I y de su segunda esposa Gala, hermanastra por tanto de Honorio y Arcadio. Fue testigo y protagonista de importantes eventos a lo largo de su vida, vivió en un periodo terriblemente turbulento marcado por importantes invasiones bárbaras y numerosas rebeldías internas.
Excepcional mujer que llegó a ser hija, nieta, hermana, esposa, madre y tía de emperadores. Gala Placidia fue tomada como rehén por Alarico, rey de los visigodos, durante el ataque a Roma (408-410), casándose en el año 414 con su hijo Ataúlfo, el cual había sucedido a Alarico después de su muerte. Tras una boda al estilo visigodo en Narbona, Ataúlfo y Placidia se refugiaron en Barcino (Hispania) huyendo de las tropas de Constancio. Muerto también Ataúlfo (415), fue devuelta a los romanos mediante el pago previo de 600.000 medidas de trigo.
En 417 el general Constancio la tomó como esposa, ya que el emperador Honorio así lo dispuso. Constancio fue declarado Augusto ese eii 421 y aunque morilla pocos meses después, Placidia le había dado, en el año 419, un descendiente que llegaría a ser el futuro emperador de Occidente Valentiniano III. Dos años antes, en 417, habían tenido una hija, Justa Grata Honoria.
Después de enviudar por segunda vez y enemistada con Honorio, Placidia viajó a Constantinopla con su hijo (423), la corte de Teodosio II era sin duda más segura. Muerto sin descendencia el emperador de Occidente Honorio (423), surgió en Roma el usurpador Juan (Iohannes), pero el emperador de Oriente envió un ejército para restablecer el orden dinástico, Juan fue capturado y ejecutado. Valentiniano
III regresó de inmediato con su madre a Roma, en donde fue nombrado emperador (octubre 425).
Gala Placidia se hizo cargo de la regencia durante la minoría de edad de su hijo (425-437), retirándose después a la vida privada para dedicarse a obras religiosas. En 450 falleció de muerte natural, siendo sepultada en Ravenna, junto a su hermano Honorio y su esposo Constancio.

(Tesorillo.com)

La minoría de uno

 


En una sesión memorable del Parlamento, las minorías se levantaron a hablar para exponer su opinión respecto del asunto que se discutía. Cada uno de los jefes al hacer uso de la palabra invariablemente comenzaba su oración en estos o parecidos términos:

—Esta minoría que representa el sentir de la opinión pública...

—Esta minoría que...

Cuando tocó el turno al señor Nocedal, con gran aparato y énfasis, comenzó su discurso:

—Esta minoría... que soy yo solo.

Sabido es que en la época de Nocedal no había más diputado integrista que él.

Carlos Fisas 

Los siete Niños de Ecija (Sevilla)


Los siete niños de Écija fue una cuadrilla de bandoleros españoles, activa en las proximidades de Écija (Sevilla) entre 1814 y 1818.
Iniciaron sus aventuras en 1808 como una guerrilla patriótica formada para luchar contra las huestes del invasor Napoleón de la que generó la cuadrilla de bandoleros. Bajo el mando del bravo capitán Luis de Vargas, se constituyó la primera banda compuesta, efectivamente, por siete "niños", que por diferentes motivos fueron muy perseguidos por la justicia: Juan Palomo, Satanás, Malafacha, Cándido, El Cencerro y Tragabuches. Se suponía que la integraban siempre siete bandidos, que se renovaban a medida que alguno de sus miembros moría o caía preso. Llegaron a dominar la carretera general de Andalucía, entre Sevilla y Córdoba; pero en julio de 1817 mediante un edicto se inició una campaña contra ellos, y en el curso de un año y medio fueron capturados siete, pero ninguno figuraba en el edicto, tres eran de Écija y los restantes de los alrededores.
Fueron ejecutados la mayor parte de los apresados entre los que figuraba Fray Antonio de Legama, a quien se dio garrote en Sevilla y el ecijano Francisco Huertas, un bandolero de la nobleza a cuya ejecución asistieron todas las autoridades del pueblo, incluido el obispo.
De sus jefes son conocidos Pablo de Aroca, alias ojitos, que consiguió escapar a la justicia, y Juan Palomo.

(Wikipedia)

Juan Palomo - Yo me lo guiso y yo me lo como = Córdoba

 


No todos los pueblos pueden presumir de poseer una hermosa leyenda o historia misteriosa que se palpa en el ambiente de sus calles y entre sus casas. No todos los pueblos tienen el don inmenso y singular de llevar grabado en su memoria popular la imagen de un romántico y altruista bandolero: Juan Palomo, que, según cuenta la voz del pueblo tuvo su cuartel general dentro de Fuente la Lancha y -siempre según la leyenda- desde allí dirigía sus hazañas y escaramuzas con la justicia.
Corría el siglo XIX y la entrada de Napoleón en España levantó a muchos patriotas que iniciaron una soberbia resistencia al descomunal y bárbaro ejército de Francia. En Andalucía, a diferencia de otras regiones de nuestro país, surgió la mítica figura del bandolero héroe romántico y legendario, cautivador, que casi siempre tenía un origen familiar humilde y pobre, y gozaba de un carácter altruista y valeroso. Esta castiza figura del bandolero, a caballo entre la historia y la leyenda popular, ha inspirado bellísimas páginas literarias y multitud de películas que sería imposible enumerar en breves líneas.
Juan Palomo, según narración popular, fue gran amigo de José María el Tempranillo. Tenía como case de operaciones y, a la vez, como estancia la “Casa Grande”: hermosísima casona ubicada en el corazón de Fuente la Lancha, a pocos metros de la parroquia de Santa Catalina. Esta casa, aunque en la actualidad se encuentra dividida y transformada, en otro tiempo gozó de una excepcional solera arquitectónica. Espesos muros y hondas estancias, arcos robustos, y una muy espaciosa cámara -llena de habitaciones- hacían de la Casa Grande un edificio hercúleo y atractivo.
Son múltiples las leyendas que se ciernan en torno a la vieja y hermosa casona ya, desgraciadamente, desparecida, según los lugareños La Casa Grande posee hondas galerías, donde estaban las cuadras, que sirvieron a Juan Palomo para depositar las joyas y dineros robados a los franceses; por otra parte, las habitaciones que había en la cámara servían como cárceles a los ilustres personajes por los que Juan Palomo pedía sustanciosas recompensas. Otras muchas leyendas e historias, en torno a Juan Palomo y la Casa Grande, circulan de boca en boca por el lugar: una de ellas asegura que el pozo de la Casa Grande posee una inmensa galería que comunica con el río Guadamatilla -situado a escasos kilómetros del pueblo-, y, a través de ella, escapaba Juan Palomo cuando era sorprendido en su refugio.
En los pueblos cercanos a Fuente la Lancha, la leyenda de Juan Palomo aún sigue suscitando gran interés entre las gentes que, normalmente, entienden la figura del apuesto y altruista bandolero como si estuviera a medio camino entre la realidad y la leyenda. Y quizá ese difícil equilibrio entre lo realista y lo legendario es lo que concede a la figura de Juan Palomo la inevitable y, a todas luces, categoría de mito. Por eso, cuando cualquier viajero se adentra en las silenciosas callejuelas, amorosamente soleadas, de Fuente la Lancha, respira un inefable perfume de leyenda y misterio, de hondísima mansedumbre, que le hace reflexionar sobre la jugosa historia que han de saber aquellas centenarias paredes, llenas de musgo y luz, que vigilan, como inmóviles sombras legendarias, desde cualquier rincón, desde cualquier humilde fachada.
Y algo después, una vez, el viajero, ciertamente impresionado por la atmósfera que respira, va y pregunta por la historia del pueblo y alguien le cuenta la leyenda de Juan Palomo: él se da cuenta de que algo mágico flota en aquel ambiente, algo bello e inexplicable, infinitamente atractivo para él: el legendario aroma de un pueblo interesante y peculiar, Fuente la Lancha, que por tener no se privó de poseer en su historia particular la imagen cálida y romántica, literaria, misteriosa, del bandido Juan Palomo.


(Córdobapedia)

domingo, 19 de enero de 2025

El Santo Grial en León

 

Pese a que es considerado por la historiografía más ortodoxa como una leyenda histórico-religiosa, lo cierto es que la búsqueda e intento de identificación de esta reliquia, del supuesto vaso de la Última Cena de Cristo donde José de Arimatea recogió la sangre de aquel tras la crucifixión, ha sido una constante a lo largo de los siglos que ni siquiera nuestra ultratecnológica centuria ha frenado.
Y es en dicha búsqueda en donde se circunscribe una de las teorías anteriormente señaladas, la del Cáliz de León. Como escribíamos, Torres y Ortega presentaban en su libro una teoría según la cual la Colegiata de San Isidoro de León conserva una pieza de orfebrería conocida como el cáliz de doña Urraca, el cual, despojado de ornamentos que fueron sumados al original con el paso de los siglos, se correspondería con el Cáliz Sagrado. Para ello, los autores se basan en una investigación realizada por el Doctor en Filología árabe Gustavo Turienzo, que a partir de dos manuscritos árabes hallados en El Cairo, asegura que el vaso original fue donado en 1054 por el califa fatimí al emir de la taifa de Denia, quien a su vez lo regaló a Fernando I el Magno poco antes de convertirse este en rey de León. A partir de este hecho los autores presentan una argumentación que parte de diferentes textos árabes que acaban encontrando el origen del Cáliz en el tiempo, la geografía y las circunstancias en que la tradición señala que predicó Jesús de Nazaret.

Errores importantes
Pues ahora el arabista, traductor e investigador del CSIC Luis Molina ha publicado un artículo en Revista de Libros en que califica toda esa argumentación como una simple "invención" de Torres y Ortega. Y utiliza dicho término al considerar que existen errores importantes tanto en las traducciones de los textos árabes, como en la datación de los hechos descritos y en una falta de rigor científico:“no es más que una retahíla de datos conocidos de antiguo que no aportan la menor prueba consistente –en realidad, ni siquiera inconsistente–, y de continuos recursos al salto en el vacío argumentativo que se apoya en conclusiones difusas introducidas por expresiones del tipo ‘es probable’. ‘es improbable’, etc”. Asimismo, asegura que los llamados Pergaminos del Cairo en que se sustenta la teoría no han sido sometidos a un análisis científico, pericial y caligráfico y que “la credibilidad que les concedo es –y en esto no estoy solo– nula”.
La polémica, por supuesto, no ha hecho más que empezar. No han tardado los autores de Los reyes del grial en defender su postura y atacar la visión de Luis Molina. Según Margarita Torres, la argumentación contraria a su investigación ha surgido al hilo de la película Onyx, los reyes del Grial, que está en proceso de grabación y se centra en el periplo de la copa romana desde Jerusalén hasta San Isidoro. “Es la opinión de una persona, no de una institución”, resalta. De lo que no hay duda es de que, siglos después, el misterio del Grial sigue más vivo que nunca. Un misterio tan grande que ni tan siquiera el Nuevo Testamento hace referencia específica al mismo, más allá de la describir cómo Jesús bebió de la copa y la compartió con sus discípulos. 

Historia de Iberia Vieja

sábado, 18 de enero de 2025

El Mascarat de Calpe = Alicante

 


En la ciudad de Calpe, en la provincia de Alicante, se encuentra el Macizo de el "Mascarat". Alrededor de su nombre hay varias leyendas, desde moros hasta el propio Judas Iscariote.
Se cuenta que al principio del S.XVII y después del decreto de expulsión de los moriscos, apareció por la zona del Collado un forastero algo excéntrico, no se acercaba ni hablaba con nadie, si alguien intentaba contactar con él, se escondía. Este comportamiento hizo pensar que, a lo mejor, se trataba de algún cabecilla moro que se escondía ahí, esperando el momento oportuno para escapar o, esperaba reunirse con su gente allí. Su desaparición de la zona, coincidió con el ahorcamiento de un cabecilla moro llamado Turiji, en Valencia.  Otra leyenda dice que se trataba de un joven desaparecido de la zona, que se escondía por allí, porque, el pobre, padecía de lepra, al cabo de un tiempo, sólo se encontró una vieja mascara, con la que el joven escondía su rostro.
Pero la más extraordinaria, para mí, es la que dice que era el propio Judas Iscariote, que después de vagar por el mundo, tras su traición, llegó allí, y cansado de andar, decidió descansar allí. Años después, se encontraron unos huesos de una persona, que se creyó que era él.
¿Con cuál te quedas?

(Mitos, leyendas y otras criaturas)

El Murigante - Galicia

 

El Murigante, uno de los animales de la fauna mágica gallega, no ha sido visto modernamente. En algunas aldeas de la montaña gallega, donde hace cien años era visto todos los días, especialmente en invierno, acercándose al fuego en las cocinas, ya ni saben su nombre. Porque el murigante siempre tiene frío, y por su afición a acercarse al fuego, en algunas partes se les llama murigantes a los frioleros.
El murigante es una especie de murciélago, de ratón con alas; pero no sabe volar. Sólo utiliza las alas como paracaídas, cuando se tira desde lo alto de la chimenea o de una alacena, o de la rama de un árbol a la que subió un mediodía de agosto a tomar el sol. También utiliza las alas para abinar el fuego en la lareira. Es muy curioso de cuentos, y está muy atento a los que cuentan en las noches en la cocina, escondido en un rincón. Y se sabe que está allí, atendiendo, porque si el cuento le gusta, al terminar de contarlo el narrador, golpea con las tapas de las tarteras, silba, y baja a atizar el fuego. Es entonces cuando se le ve. Entonces, y en verano, en los días de la canícula, en los que sale al campo a espiojarse. Se sube a la rama de un árbol, o se tumba en la hierba; pero para que haga esto último es necesario que sea un día de verdadero calor, de los que caen pocos en las canículas gallegas.
El murigante tiene color negro muy lucido, es gran bebedor de leche cuajada, y en primavera teje telas, como las arañas, y come las moscas que caen en ellas. Aseguran que su mirada es muy humana y anda a brincos. Algunos contaban que lo habían escuchado hablar, y que si había muerto en la casa, se le escuchaba llorar, despidiendo al difunto.
Lo mismo si era persona de la familia, que si era una vaca, un cerdo o un perro. De si hablaba o no, se cuenta que una vez se apagó el fuego en la lareira de la cocina en la que moraba. Entró el dueño de la casa, e hizo fuego nuevo. El murigante salió de su escondite, y le dijo al hombre:
—¡No hay oro en todo el mundo que pague el saber hacer fuego!
Se lo dijo en gallego: —Non hai ouro no mundo que pague o saber facer lume —, que es el idioma que habla.

(Alvaro Cunqueiro)

El señor de Agerre y los gentiles = País Vasco

 

Cerca de una peña llamada Jentill-batza, en cuyo pico quedan restos de un castillo medieval y en su ladera una cueva se hallan mas huellas de  gentiles. Ambos, castillo y cueva, protagonizan una leyenda de los que, al parecer, vivían en aquel monte.
Los gentiles se enteraron que el señor de Agerre estaba enfermo por lo que, antes de que llegase el viatico, bajaron de su escondrijo un cobertor de oro y lo depositaron sobre su cama. Los de la casa, que sabían ya que los gentiles solo podían merodear de noche entre los humanos, clavaron el cobertor a la cama, y cuando cantó el gallo, los extraños seres arrancaron su tesoro pero se dejaron un pedazo prendido del clavo. Entonces lanzaron una maldición que se cumplió religiosamente a partir de entonces, siempre hubo un manco o un paralitico en la casa de Agerre.

La doncella soldado - Almería

 

En Almería habitaba don Antonio Acevedo, acaudalado y noble caballero que, casado con doña Victoria, tuvieron una hija, a quien pusieron el nombre de la madre. Esta niña, al crecer, llegó a ser una maravillosa muchacha, la más codiciada de la ciudad por su belleza y por sus excepcionales virtudes. 
La muchacha tuvo la desgracia de enamorarse perdidamente de un |oven llamado Florencio de Granada, de noble abolengo también, pero cuya familia era enemiga mortal de la suya, por lo que los jóvenes, no se atrevieron a descubrir aquel amor a sus padres, y lo ocultaron como un avaro oculta su tesoro ante el miedo de perderlo, y lo mantenían en el mayor secreto. 
Los padres de Victoria, que nada sospechaban de las relaciones de su hija, concertaron su boda con un poderoso caballero que la soliciba por esposa, y doblaba en edad a la muchacha, y comunicaron a ésta la decisión tomada de casarla con él. Victoria, no atreviéndose a una oposición abierta, intentó aplazar el matrimonio, con el pretexto de su corta edad, y poder mientras comunicárselo a su adorado, para buscar juntos alguna solución al conflicto. 
Mas su prometido estaba ausente, y con un criado de toda su confianza tuvo que enviarle un mensaje. Partió veloz el servidor; pero fue asaltado por unos bandoleros, que le dieron muerte, sin poder llegar a su destino, evitando así que don Florencio supiera los sufrimientos de su amada ante la decisión paterna. 
El nuevo pretendiente, deseando desposarse cuanto antes con la bellísima doncella, asediaba a los padres con sus prisas, que se rindieron, al fin, a pesar de los obstáculos que oponía la hija, y se fijó una fecha próxima para la boda. 
De nada le sirvieron a Victoria todas sus súplicas y llantos. El padre, inflexible, le ordenó en tono severo que, con lágrimas o sin ellas, sería pronto la esposa de aquel caballero. Horrorizada, vio llegar el día trágico de su boda, y sin la ayuda de Florencio, se dejó arrastrar hasta el altar, donde se celebró la ceremonia. 
Con angustia creciente resistió las fiestas y banquetes nupciales, sintiendo que un odio creciente hacia su esposo se apoderaba de su corazón. 
Llegada la noche, y despedidos los invitados, una doncella le comunicó la vuelta de don Florencio. Entonces ella concibió la idea de romper como fuera aquella cadena que la unía para siempre con aquel hombre odiado y escapar con su amor. Con aparente tranquilidad entró en su cuarto nupcial, seguida de su esposo, y cuando éste estuvo acostado, le atravesó el corazón con un puñal, dejándole muerto en el lecho. 
Se vistió con todos los trajes de su esposo, y con todas sus armas, y disfrazada como nadie podía conocerla, huyó en busca de su amado y, comunicándole su terrible crimen, juntos intentaron huir a través de las calles. Pero, sorprendidos por ronda nocturna, se armó una refriega, de la que pudo escapar la muchacha; pero no así don Florencio, que quedó prisionero. Al día siguiente, al saberse la muerte del caballero, fue acusado también como autor del crimen, que él no negó, por salvar a su amada. 
La muchacha, transida de dolor, vagó por los campos, hasta que cayó prisionera de unos bandidos, que, creyéndola un joven escapado de la justicia, le permitieron vivir con ellos, tomando parte en todos los asaltos con tan increíble valor, que llegó a ser la admiración de los bandoleros. 
Sin más obsesión que salvar a don Florencio, propuso un día a la partida asaltar la cárcel y libertar a los condenados a muerte. Los bandoleros siguieron al fingido joven y penetraron de noche en la ciudad, llegando a las cercanías de la cárcel. Allí llamó ella a la puerta, y con sus ricos trajes no despertó sospechas en los guardianes, que la tomaron por un señor principal y le abrieron las puertas. Al instante acudieron los bandidos, que se abalanzaron sobre los guardianes de la prisión, los ataron y dieron suelta a todos los condenados, y, entre ellos, a don Florencio, que se unió a la partida, y huyeron, no sin incendiar antes el edificio, que quedó envuelto en llamas. 
Llegaron salvos a la guarida de los bandoleros, y los enamorados se sintieron dichosos de poder estar, al fin, juntos. Pero, pasado el primer momento, aquella vida de farsa era para los novios un continuo tormento. Desesperado don Florencio ante la imposibilidad de casarse ni de satisfacer su amor, intentaba unirse a ella, a lo que ésta se negaba mientras no estuviesen casados, y, no pudiendo resistir más, descubrió a uno de la partida el secreto de su novia, para que le ayudara a sorprenderla. Pero ella se defendió, y, disparando sobre don Florencio le dejó muerto. 
Alocada por el sufrimiento, huyó por valles y caminos, sin encontrar guarida, y sintiéndose morir de hambre y de cansancio, decidió aturdirse en la lucha y buscar la muerte en la guerra. Alistóse como soldado y marchó en los tercios de voluntarios a Flandes, donde admiró a sus compañeros de armas por su valor y heroísmo en el combate, consiguiendo por ello ascensos y condecoraciones. Pero el capitán del tercio, llamado don Anselmo de Torres, entusiasmado con el valor de su soldado y atraído por su gran simpatía, trabó una estrecha amistad con él, que se transformó en un gran amor al descubrir su sexo, declarándole su pasión. Ella le rechazó y, al verse descubierta, huyó del campamento. Al punto de partir, intentó matar al que sabía su secreto, para que no pudiese revelarlo, y, disparando contra él, le dejó herido. 
Otra vez se encontró sin rumbo por aquel país y caminó hasta caer desfallecida. Vuelta en sí, levantando sus ojos al cielo y sintiendo en su conciencia los remordimientos de sus crímenes, lloró con arrepentimiento. Se dirigió entonces a un convento de frailes de Santo Domingo; llamó a sus puertas y pidió ser oída en confesión. 
Horrorizado quedó el fraile que la confesara ante aquella pecadora, sin saber qué aconsejarle, e inspirado por Dios, le impuso de penitencia vivir en una cueva próxima al convento, sin ver ni hablar a persona viviente

El viejo avaro - Córdoba

 

Un hombre, pobremente vestido, está sentado delante de una mesa. La habitación está casi vacía, salvo por la silla donde se sienta, un tablón desgastado que le sirve de mesa y una vieja arqueta en el suelo. Frente a él, en la mesa, amontona monedas de oro y joyas a medida que los cuenta.
Llaman a la puerta. Se apresura a guardarlo todo en la arqueta antes de salir a la puerta. Allí hay una mujer, que angustiada, comienza a contarle su historia. Es pobre, apenas le queda nada y no tiene qué comer. Necesita dinero. El avaro la mira en silencio, sin responder. No le impresiona la historia. La ha oído cientos de veces y la respuesta es siempre la misma.
- ¿Qué puede ofrecerme a cambio? - “Nada tengo, señor, salvo mi casa” - "Eso valdrá"responde, haciéndole saber los términos del acuerdo.
La mujer, al oír el alto interés que tendrá que pagar, comienza a llorar y suplica no sea tan severo. El responde que nada puede hacer: es un negocio y lo demás, no le importa. Después guarda silencio. La mujer, finalmente, se ve vencida, y asiente con la cabeza. El redacta el papel; ella lo firma, hecho lo cual, se dirige con gesto cansado al interior de la casa: se escucha el abrir y cerrar de puertas y al cabo de unos minutos, vuelve el avaro con el dinero prometido. Ella lo toma, le entrega el papel y se marcha.
El viejo, al verla salir, retoma su trabajo. Saca el dinero y lo cuenta. Una vez terminado, lo anota en un pequeño libro que guarda en el arcón, de donde saca una bolsa donde introduce el dinero. Lo toma y marcha a guardarlo. Mientras baja las escaleras del inmenso sótano donde guarda su riqueza, piensa en lo cansado que está, y murmura que, pese a todo, debe seguir con el negocio, aún no es bastante su riqueza.
Al subir, encuentra a su hija. Una mujer joven, casi una niña. Se dirige a la cocina, a preparar la cena. El viejo, de nuevo en la habitación, apaga la vela, para ahorrar y se sienta. Apenas han pasado unos momentos cuando su hija lo llama. Hay un caballero en la puerta que pregunta por ti, le dice. Muy bien, ahora lo atiendo. Ella asiente y se marcha. Sale al zaguán donde un hombre joven lo espera. Al verlo, desaparece la sonrisa de su rostro, dando a entender el profundo desagrado que el viejo le provoca.
Tenga buena noche, señor - Aquí tienes tu dinero. Cuéntalo si quieres, dice, a modo de respuesta. - Eso no es necesario, señor. Espero que su merced haya recordado el interés que fijamos y lo haya incluido. - Por supuesto. Di mi palabra, y ahora cumplo. Entrégame el papel que te firmé y acabemos con esto, dice agriamente.
El viejo, sin responder el tiende el papel. El caballero lo toma con gesto violento, da media vuelta y sin despedirse, sale de la casa.
El viejo lo observa mientras se marcha. Y después, con una sonrisa, se vuelve hacia el saco que el caballero ha dejado en el suelo. Intenta cogerlo, pero es demasiado pesado. Por varias veces lo intenta, sin éxito. Finalmente, decide llamar a su hija.
Ella, siempre solícita, escucha atentamente a su padre. Nunca ha bajado al sótano, y trata de memorizar las instrucciones. Finalmente, toma la vela y se dirige a la entrada. Levanta la tapa y se adentra por el hueco de las escaleras. Al llegar a bajo, repite las instrucciones: a la derecha, después a la izquierda... así, recorre varios pasillos. De pronto, se estremece y mira alrededor asustada. Una corriente de aire apaga la vela y queda a oscuras en medio del laberinto. Duda entre seguir o regresar, y a tientas, busca el camino de vuelta, pero la oscuridad y el miedo la traicionan y no encuentra el camino. Finalmente, comienza a llamar a su padre. Pero la respuesta que obtiene es el eco de su propia voz. Espera, pero nada ocurre. Se desespera y empieza a gritar y gritar....
El viejo, mira intranquilo el hueco del sótano. Debía haber regresado ya, piensa... y es entonces cuando escucha la voz que lo llama... Toma una vela y baja con rapidez. Se mueve con agilidad por los pasillos, pero cada vez que se acerca a la voz, esta suena en otra parte o se vuelve lejana... así las horas pasan y el viejo, cada vez más desesperado, busca sin cesar. Finalmente, decide pedir ayuda. El sitio es demasiado grande y por eso no la encuentra, dice intentando tranquilizarse.
Una vez en la calle, comienza a gritar a sus vecinos “¡ayuda!”. Estos, somnolientos, se asoman a la ventana para ver qué ocurre. Al verle ponen cara de desagrado, la mayoría vuelve adentro, pero algunos, deciden bajar. El viejo, intentando parecer sereno, les cuenta:
- Mi hija bajó anoche al sótano y no regresó. La he buscado toda la noche, pero no consigo encontrarla; es demasiado grande para una sola persona. Si tuvierais a bien ayudarme...
Los vecinos se miran extrañados. Cómo puede una persona perderse en un sótano -se preguntan. El viejo les responde:
- En realidad, es una red de pequeñas galerías, casi un laberinto. Tiene tantas galerías y pasillos que es fácil desorientarse y perderse dentro: es por esto que yo solo no puedo. Les ruego....
Suenan de nuevo murmullos, pero una voz se levanta sobre el resto y dice: "Vamos"
Al oírlo, todo el mundo calla y le sigue hacia la casa del anciano. Allí, toman tantas velas y candiles pueden y bajan al sótano, dónde comienzan a buscar. Comienzan llamando a la muchacha, pero al oír la débil voz, callan y escuchan. Se mueven de un lado a otro, incansables. Las horas pasan y el viejo está cada vez más alterado. Finalmente, los oye que suben todos, y suspira aliviado. Pronto, su cara se torna en mueca a ver que vuelven sin la niña.
- "Es imposible, señor. La voz se acerca y se aleja de nosotros. Quizá haya salido ya, y lo que hemos oído sea el eco" - Pero eso no es posible. Yo estuve aquí todo el rato, y nadie entró ni salió, salvo sus mercedes...
Sin más respuesta que un encogerse de hombros y un “lo siento”, el grupo sale de la casa.
Allí queda el viejo solo.
Es de noche, y el viejo, como cada noche, se sienta en su sillón. Pero ya no cuenta el dinero. Sólo escucha, aterrorizado, angustiado, la voz que día tras día, al caer la noche, comienza a sonar, llamándole a gritos.

(Córdobapedia)

miércoles, 15 de enero de 2025

La mesa de Salomón = Jaén

 

Un objeto mítico y mágico, procedente del Templo de Jerusalén y propiedad de un rey judío mundialmente conocido por su sabiduría. Dicho objeto encierra una de las claves de la creación: el Shem Shemaforash o nombre secreto de Dios. Quien lo posea tendría un poder absoluto sobre el mundo. Ese objeto maravilloso, la Mesa de Salomón, según algunas versiones, estaría escondida en Jaén. Algunos la buscaron en el solar de la imponente catedral giennense, donde se supone que estuvo "la cava" o cueva que la albergó.
Otros han pensado que el Palacio Perdido de Hércules estuvo en el barrio de la Magdalena, el mismo palacio que una vez abierto atrajo la invasión musulmana a la península y, en cuyo interior, se guardó la Mesa y el Espejo de Salomón. No falta quien piensa que el Lagarto de la Malena, célebre Dragón de grandes dimensiones, no tenía otra misión que la de custodiar los tesoros del Templo de Jerusalén sustraídos por el emperador romano Tito y traídos hasta esta ciudad. Entre ellos, la Mesa de Salomón.

(Asociación Iuventa)

El Cura de la Magdalena - Córdoba


Allá en tiempos antiguos, había en la parroquia un cura excesivamente obeso y muy aficionado a recoger cuando podía de sus feligreses. 
Sucedió que una noche de lluvia se retiraba de su iglesia, y a corta distancia del postigo de la sacristía, vio un hermoso burro blanco, solo y como abandonado; pareciéndole al buen señor que en él podía pasar el barro de la plaza y aun alojar aquel huésped en su casa, lo animó a la gradilla y como pudo cabalgó en él, emprendiendo su marcha tan tranquilo, con su linterna en la mano, a favor de cuya luz vio el interior de las monjas de Santa Inés: entonces, asombrado, reparó encontrarse a aquella altura por haber crecido de pronto y en tanta longitud tus piernas de su cabalgadura: asustado y comprendiendo ser castigo del cielo por su desmedida ambición, y que el diablo sería el que se le presentó en forma de burro, invocó el nombre de Jesús, y aquel desapareció, cayendo el pobre cura de la elevación en que se hallaba, quedando ileso por el mucho barro; más en él dejó su estampa tan marcada, que a la mañana siguiente los vecinos se paraban a ver lo que ellos decían el retruco del Sr. Rector. Este se mostró tan escarmentado, que el resto de su vida lo empleó en hacer muchos y recomendables actos de misericordia.

(Córdobapedia)

Marcelino Pardo y el Gatipedro

 

De niño, a los cuatro o cinco años de su edad, a Marcelino solía visitarlo ese animal de la fauna mágica gallega que se llama gatipedro. Y con las visitas del gatipedro, Marcelino Pardo se meó en la cama hasta que tuvo casi doce años cumplidos. El gatipedro es como un gato gordo, que no tuviese patas de atrás, y en medio de la cabeza tiene un pequeño cuerno. El gatipedro se arrastra hacia la habitación donde duerme un niño, y comienza a echar agua por el cuerno, que gotea en el suelo. El niño, en sueños, escucha el ruido del goteo, que parece invitarlo a orinar, y de hecho casi le obliga a ello. Eso, repito, le pasaba a Marcelino Pardo. El padre le pegaba, la madre desesperaba, los hermanos se burlaban de él, y lo mismo los compañeros de escuela a los que había llegado la noticia de las humedades nocturnas de Marcelino. Un médico de Betanzos les dijo a los padres que aquello era enfermedad, y recetó unas pastillas que no surtieron efecto. Marcelino lomó agua de ortigas, entre otros remedios considerados eficacísimos, y le pusieron sobre el riñon cataplasmas de huevo y lila. Nada sirvió de nada. I lasta que un curandero de cerca de Pontedeume indicó que quizás se traíase del gatipedro.
—Ahora —dijo el menciñeiro—, no acostumbra a andar por el país. La verdad es que desde la epidemia de gripe del año 18 apenas ha sido visto, y aunque haya habido mortandad entre- ellos alguno debe haber quedado en algún lugar acasarado.
El curandero explicó como era el gatipedro, y como para andar, se apoyaba, además de en las dos palas delanteras, en la lengua, que la tenía enorme, como de vaca, pero muy colorada y con dos puntas. Para echarlo de la casa en la cual moraba —y sin duda había un gatipedro en la casa de Marcelino Pardo—, bastaba con sembrar de sal gorda la entrada a la habitación donde dormía Marcelino. El gatipedro no aguanla el amargor de la sal, y viendo además que ha sido descubierto, se va con la música, con la música del goteo del cuerno, a otra parte.
Ya con este diagnóstico, los padres de Marcelino extendieron sal por el pasillo de la casa, y por la habitación hasta la cama donde dormía el rapaz. Y fue un éxito. Aquella misma noche, por vez primera desde que tenía cuatro años, Marcelino no se orinó en la cama. Y no volvió a hacerlo nunca más. Cuando llegó la de ir al servicio militar, que le había tocado Caballería de Farnesio, en Valladolid, por si había gatipedro por las Castillas, en la maleta llevaba cuatro kilos de sal fina para, llegado el caso, echar disimuladamente alrededor de su catre.
Pero, en Valladolid no había gatipedro, o estaba ocupado con el niño de un sargento o de un cabo furriel.
Con los años, Marcelino llegaba a creer que había visto el gatipedro, y cada vez, en las descripciones que hacía a los hijos y a los nietos, el animal era más grande, su lengua de casi una vara de ancho, y el cuerno daba agua como una buena fuente en el mes de marzo, que es cuando suelen abrir las fuentes, tras el lluvioso invierno.

(Alvaro Cunqueiro)

jueves, 9 de enero de 2025

El Nubeiro - Galicia

 

Según la creencia popular de los seres mitológicos gallegos, el Nubeiro es el morador de los aires, su aspecto es el de un fuerte gigante, vestido con pieles, en general de color negro, sale de las herrerias y cabalga los cielos provocando tormentas y dirigiendo los rayos.
Suele andar por las nubes y va siempre cargado de truenos haciendo soltar a las nubes todo el agua y granizo que llevan.De vez en cuando baja a la tierra a ver el resultado de sus hazañas.
Sale por las mañanas “a fazer a trona” (hacer tormentas) y vuelve a media noche, con unos cuantos lagartos y culebras.Suele ser olvidadizo, pues se le escapan las nubes que le llevan de un lado a otro con relativa frecuencia; en tales casos, el Nubeiro, tiene que pedir asilo en las casas y cabañas que encuentre.
El Nubeiro se asocia, además de a las tormentas, truenos y relámpagos, a la niebla y a los aludes, si bien en este último caso, no suele ser muy frecuente.
Parece ser el legítimo descendiente de los hacedores de tormentas de los cultos animistas más antiguos. El control mágico de la lluvia es algo muy antiguo y se repite prácticamente en todas partes del mundo.
Hay quién ha postulado que el Nubeiro gallego,el nubero asturiano y el renubero leonés, son pervivencias floklóricas y degradadas de una antigua deidad de la tormenta,reguladora del tiempo atmosférico.

(Narradores del misterio)

El lagarto de la Magdalena - Jaén

 

Un enorme reptil de piedra yergue desafiante la cabeza en la fuente más famosa de Jaén. Es el homenaje de la ciudad al Lagarto de la Malena, el terrorífico animal que según la leyenda devoraba a todo incauto que se acercara al manantial que allí brotaba. El relato cuenta con tal fama que hoy es uno de los 10 Tesoros del Patrimonio Cultural Inmaterial de España junto a las Fallas de Valencia o los Carnavales de Cádiz.
Juan Eslava Galán cuenta en « La leyenda del lagarto de la Malena y los mitos del dragón» que en el antiguo barrio de la Magdalena existía un manantial donde tenía su guarida este voraz monstruo que atemorizaba a los habitantes de Jaén. Un condenado a muerte se ofreció a enfrentarse con el gigantesco lagarto si, a cambio, le perdonaban la vida.
Pertrechado con un caballo, un cordero y un haz de yesca, el reo se acercó al manantial y cuando el lagarto se lanzó contra él, picó espuelas y se alejó a galope perseguido por el saurio, lanzándole el cordero ensangrentado que el reptil tragó de un solo bocado. El condenado había rellenado el cordero con yesca encendida que abrasó las entrañas del monstruo haciéndole estallar.
«De aquí procede la maldición: "Así revientes como el lagarto de Jaén" o "como el lagarto de la Malena"», señala Eslava Galán.
La leyenda del lagarto, sierpe o dragón, según las versiones, apareció mencionada por primera vez en 1628, en la obra « Historia de la Antigua y Continuada Nobleza de la Ciudad de Jaén», escrita por Pedro Ordoñez de Ceballos y publicada por Bartolomé Jiménez Patón. En 1913, el historiador Alfredo Cazabán recabó hasta tres versiones del héroe que mató al monstruo: Un guerrero vestido con un traje de espejos y armado con una espada, el preso o cautivo, o un pastor al que el monstruo comía los corderos.

(ABC)

El Corregidor de la Casaca Blanca = Córdoba

 

Don Carlos Ucel y Guimbarda había perdido a su bella y adorada esposa cuando más feliz se juzgaba con tan buena compañera. El cielo quiso, para consolar la amargura que aquella pérdida le causara, dejarle una hija, blanca y hermosa como su nombre, y tímida y sencilla como el espíritu de un ángel. Jamás salía de casa, sino acompañada de una dueña, en sus primeros años, y después de su padre, que en ella cifraba toda su ventura y sus esperanzas. Contaba unos 17 años cuando en uno, al llegar la velada entonces, hoy feria de la Fuensanta, la llevó a beber aquellas puras y apetecidas aguas y orar por su madre ante la venerada imagen, amor de todos los cordobeses.
En la esquina del convento de San Rafael, conocido generalmente por Madre de Dios, se les interpuso una harapienta gitana de horrible aspecto y penetrante mirada, pretendiendo decir a Blanca la ventura que le esperaba. La tímida joven demostró al punto su repugnancia, y don Carlos, que temió un ligero disgusto en su hija, ordenó a la gitana se apartase, dejando de incomodarla por más tiempo. Ella insistió, y al fin fue preciso, mal su grado, retirarla, dejándola a un lado del camino, profiriendo mil palabras, entre las que se percibieron claramente: "Ellos pagarán su orgullo con raudales de llanto, que la desgracia les hará verter". Nadie hizo caso de sus palabras, que consideraron desahogo de su mala educación, volviéndose tranquilos a su casa, como si nada hubiesen oído.
Dos o tres años habrían transcurrido cuando, a la altas horas de la noche, oyeron llamar a la puerta; asomáronse y eran unos hebreos que iban a quejarse al corregidor de que no les querían dar posada en ninguna de las de Córdoba, y pedían o una orden para ello o que se les dejase pasar hasta el día, aun cuando fuera en el portal de su casa. Consintió Guimbarda en esto último, y la dueña que había recibido el recado ponderó a doña Blanca lo extraño de las figuras de los nuevos huéspedes, hasta el punto que la curiosidad les hizo ir a examinarlos por el agujero de la llave del portón. Mas cual sería su sorpresa al ver que leían en un libro a la luz de una vela amarilla, y que pasaban muy deprisa las cuentas de una especie de rosario que uno de ellos llevaba pendiente de la cintura.
A poco sonó un ruido extraño y la tierra se separó dejando una abertura que daba paso a una hermosa escalera de mármol. Por ella bajó uno, volviendo a poco acompañado de un joven que apenas frisaba en los tres lustros, de hermoso y gallardo aspecto, y un cofre, al parecer lleno de alhajas de gran valor. Aquel desgraciado, enterrado en vida, les rogó repetidas veces para que lo llevasen consigo, siendo inútiles sus quejas y súplicas, pues después de algunas prevenciones que le hicieron lo obligaron a bajar por la ancha escalera. Apagaron la vela, y con la luz desapareció también el hoyo formado en el portal, como si nada hubiese sucedido.
Llegó la mañana siguiente y los hebreos se despidieron del corregidor, dándole muchas gracias por la generosidad con que los había hospedado; mas ¡cuánta desgracia se atrajo con ella! Tanto la dueña como la hermosa Blanca ardían en viva curiosidad por saber el misterioso arcano del joven prisionero con tantas y codiciadas riquezas. Examinaron el portal y nada advertían en su pavimento, hasta que la dueña vio esparcidas por él muchas gotas de cera desprendidas de la vela encendida por los hebreos. Juntólas cuidadosamente e hizo un cerillo, con el que creían que se abriría la tierra.
Esperaron la noche, y cuando todos estaban recogidos, bajaron al portal y encendieron la luz, logrando por este medio que apareciese de nuevo la escalera, por la cual bajó Blanca, recorriendo algunas galerías sin hallar el menor rastro. Cuando vio la dueña que el pabilo se acababa, echaron a correr; pero al salir se le concluyó, quedando dentro la desgraciada joven que venía tras ella. La pobre vieja empezó a gritar; a sus voces acudió el corregidor y todos los criados, quienes se confundían más con sus revelaciones. Luego llamaron a Blanca, que respondía con acento de dolor desde el centro de la tierra. El corregidor hizo mil excavaciones, todas inútiles, llorando en su desesperación la pérdida de tan querida hija.
Varios años pasaron. Don Carlos Ucel y Guimbarda murió solo y desesperado. Desde entonces se dice que una sombra misteriosa recorre de noche toda esta casa, en la que muchos aseguran haberse asombrado, atribuyéndolo al alma de doña Blanca, que aún vaga por aquellos contornos.

(Córdobapedia)

miércoles, 8 de enero de 2025

La dama blanca

Corría el año 1550; el oro venía del Perú en galeones bien custodiados, y acompañando el dulce tintineo, llenos de orgullp yacariciados por doradas esperanzas, también llegaban sus propietarios. Uno de ellos, viejo, corcovado, con los ojos cansados  de contemplar tesoros, desembarcaba en Cádiz. Era rico, y con el oro  se creía capaz de comprarlo todo: hasta el amor. Se le hizo largo el  viaje a la villay corte, pues recordaba que su amigo, el médico del rey, quedó tutor de una niña encantadora que ahora frisaría en los 20 años y soñaba en contagiarse de su juventud contrayendo rnatrimonio con ella.

 Llegó el perulero, habló con el tutor; nada se consultó con le muchacha, aunque algo se le dio a entender de boda inminente. y una vez todo dispuesto para la ceremonia, el viejo médico llevó a su pupila al palacio real. Don Felipe II habíale siempre demostrado afecto, y en esta ocasión le ofreció como regalo nupcial, digno de su grandeza, las trece monedas de oro que habían de servir de arras.

    

Vivía la novia en la calle de las Infantas, en una casa de piedra roja, con siete chimeneas y rodeada de un gran jardín. Celebróse el casamiento con gran pompa. El anciano esposo había regalado a la juve nil desposada un magnífico traje blanco, todo bordado con perlas. De encaje de Bruselas era el manto, que le llegaba hasta su borde, y ocultaba su cara y sus ojos enrojecidos por el llanto.


  Vino después el banquete, en el que los invitados, obsequiados hasta la saciedad, se tambaleaban en los límites de la embriaguez.


  Cayó la tarde; los criados encendieron las luces. La novia se había retirado a sus habitaciones, lejos del bullicio. Y en medio de la noche, cuando el perulero, pensando en su felicidad, comprada con su oro y  a costa de las lágrimas de una obediente muchacha, fue a buscarla..., no la encontró; alarmado, gritó a los servidores, recorrieron la inmensa casa, registraron rincones, repasaron los salones del banquete, sin  el menor éxito, y, por último, bajaron a los sótanos. Y allí, en el suelo húmedo, en un aire mohoso, pesado e irrespirable, la encontraron 

   echada. El velo de encaje aún temblaba en su frente. El traje de perlas estaba teñido de rojo. Acercaron los candiles; entre sus manos sostenía el pañuelo bordado; trece monedas de oro, las arras, estaban  a sus pies, y un puñal florentino, incrustado con gemas de colores, estaba clavado en su corazón.

      

Horrorizados, se retiraron en silencio amo y servidores. ¿Quién pudo cometer aquello? ¿Un despechado amante? ¿Un egregio celoso? Aún queda en pie el enigma. Sólo sabemos que de cuando en cuando, en los sótanos de la casa, se oyen gemidos,y dicen que  alguien ha visto pasear, como un espectro, en las altas horas de la no che, a una dulce mujer, envuelta en velos, haciendo tintinear en sus manos blancas de cadáver las trece monedas de sus arras.


Vicente García de Diego 





La sangre del Alcázar - Sevilla

  En Los Reales Alcázares de Sevilla, se encuentra la "Sala de los Azulejos".  Cuenta la leyenda que el Rey Don Pedro I llamado el...